Geoingeniería, modificación climática, peligro fumigaciones!!!

Recolección silvestre y paradigma cultural

Este texto escogido de Félix Rodrigo Mora nos da una muestra la valía de los recursos silvestres y su gran importancia en la economía alimentaria de las culturas originarias de nuestra tierra, y algunas claves para el entendimiento de su transformación por la imposición romana del modelo basado en la agricultura extensiva, el desarrollo urbano y el estamento militar.

Se trata de un pequeño extracto de” Los montes arbolados, el régimen de lluvias y la fertilidad de las tierras“, donde se expone brillantemente la problemática ambiental de la deforestación como causa principal de la desertización y el cambio climático (sustituir por geoingenieria) en la Península Ibérica, así como los factores históricos, políticos y culturales que la han condicionado en el pasado y el presente. A su vez, Montes arbolados… procede de la obra más extensa “Naturaleza, ruralidad y civilización“, que aborda de forma integral la apasionante historia de la sociedad rural peninsular.

 

Fuente: Félix Rodrigo Mora, “Los montes arbolados, el régimen de lluvias y la fertilidad de las tierras”, Cauac Editorial Nativa, Subcapítulo “por una reforestación general de significación histórica”, página 61.Los tratadistas antiguos presentaban la agricultura como expresión de civilización mientras que reducían a mera manifestación de “barbarie” el alimentarse de productos silvestres, y modernamente, como no podía ser menos en una sociedad enferma de economicismo, se apunta que sólo la agricultura a gran escala puede abastecer a la gran población humana actual, la mayor de la historia, según sostiene esa interesada concepción, sin proporcionar pruebas de ninguno de los dos asertos, mucho más en la fase actual, en que los destructivos efectos de la agricolización extrema sobre las tierras, las precipitaciones y el clima vuelve a poner en debate tales cuestiones.

 

Ciñéndonos al caso de la península Ibérica en tiempos históricos, parece indudable, pues se manifiestan en el registro arqueológico, que algunos cereales, en especial la escanda, la avena, el mijo y la cebada, fueron conocidos y utilizados para la nutrición humana miles de años, lo que significa que entonces existía ya alguna variante de agricultura. Ello no tiene nada de especial, pues lo importante es conocer qué proporción existía entre alimentos cultivados y silvestres en el pasado, que es donde está el meollo de la cuestión. Los historiadores romanos y griegos que narran la laboriosa conquista de Hispania por el imperialismo romano, como Tito Livio, Estrabón o Apiano presentan a la península Ibérica de los siglos III-I antes de nuestra era como cubierta de enormes y continuos bosques, formados por grandes árboles. Ello no era obstáculo para que estuviera habitada por pueblos vigorosos, buenos metalúrgicos (en algún caso, como los celtíberos, de la Meseta oriental, mejores que los romanos), y con notable potencial demográfico, como lo atestigua, por un lado, su capacidad para librar guerras muy sangrientas y de larga duración con Roma y, por otro, los resultados de las investigaciones arqueológicas más recientes, que localizan muchos núcleos poblacionales con miles de habitantes, cuestión poco novedosa por otro lado, pues ya los historiadores antiguos proporcionan largas listas de las “ciudades” de aquellas gentes, las cuales no formaban “sociedades primitivas” sino formaciones sociales bastante complejas, opulentas dentro de su proverbial frugalidad, estables y en un buen número de asuntos superiores netamente a la potencia conquistadora, sólo más eficaz en el terreno militar y organizativo, al ser una sociedad con Estado.

 

Interesante es el caso de los vascones que, según se admite, se alimentaban de “pan de castaña y de bellota” al mismo tiempo que eran capaces de resistir durante siglos, casi cada verano, las durísimas entradas de los ejércitos visigodos del reino de Toledo, continuador de Roma y el más potente del occidente europeo en ese tiempo, lo que prueba que tal régimen alimenticio, inevitable por lo demás en un terreno poco apto para los cereales panificables, les permitía mantener un notable vigor demográfico, poniendo sobre las armas ejércitos populares siempre imbatidos a fin de cuentas y que, en réplica a las agresiones provenientes del sur, llegaron en alguna ocasión a amenazar a Zaragoza 33.

 

Similar era el caso de los cántabros. Por tanto, esa relación íntima que establece la demografía actual entre agricultura y elevada población, no es tan cierta como nos quieren hacer creer. La Celtiberia, en el siglo II antes de nuestra era, estaba, según Tito Livio, cubierta por “espesos bosques”, lo que no era óbice para que destinara una parte de las tierras al cultivo del cereal34, como las mismas fuentes antiguas señalan.

El testimonio arqueológico pone en claro que en la “ciudad” celtíbera de Numancia (Soria), con unos 8.000 habitantes, el 42% de los molinos de mano encontrados se destinaron a la molienda de la bellota, y otra parte algo menor al cereal , lo que sirve bastante bien para establecer la proporción entre alimentos silvestres y cultivados en aquella formación social. Ello nos proporciona la certeza de que más de la mitad de su dieta básica provenía de la bellota, pues ese fruto se consume también crudo, cocido y asado, y una parte menor del cereal, equilibrada y razonable situación que permitía mantener el medio natural en muy buenas condiciones. Así mismo, las fuentes clásicas citan la abundancia en ganado, bovinos, ovinos y caballos, de este pueblo, lo que avala el aserto precedente.

Estrabón sostiene que los celtíberos son “numerosos y ricos”, a pesar de habitar en un país “pobre”, esto es, montuoso, muy frío y, probablemente, conforme a la distorsionada concepción de los formados en el ideal greco-latino de amplia supremacía de la agricultura, bastante boscoso, con muchas áreas de pastizal arbolado y con relativamente pocos espacios roturados, que tendrían que proporcionar altos rendimientos, pues Plinio asegura que en Celtiberia se recogían dos cosechas de cebada (probablemente, también de trigo, que cultivaban con cierta profusión, dado que fabricaban con él una bebida estimulante), lo que coincide con lo que se puede esperar de un territorio bien forestado, por tanto, con tierras fértiles, elevadas precipitaciones, ligera sequía estival, pocas heladas tardías y escasez de plagas y enfermedades de los cultivos y los ganados, famoso también por algunas frutas, como la pera numantina, que aquel autor pondera.

 

33 No puede dejarse en el olvido que, a partir del siglo XVI, los cuatro fueros territoriales del País Vasco, mantenidos hasta el siglo XIX, al limitar y moderar el poder del Estado español, redujeron la presión deforestadora inducida por éste. Así mismo, los fueros locales destinaban mucha atención al mantenimiento en buenas condiciones de las masas arbóreas, imponiendo amplias y constantes campañas de reforestación en el plano local. Además, el temor a que el apoyo popular al carlismo fuera aún mayor limitó (o, al menos, hizo menos destructiva) en Euskal Herria la venta de comunales y, por tanto, el descuaje del monte. Tal explica que hoy una buena parte de Euskadi esté en mejores condiciones, en este aspecto, que otros territorios. Ello permite sostener que si bien es innegable que la lluvia hace al bosque, también es verdad que el bosque atrae y hace la lluvia.

34 En Molienda y economía doméstica en Numancia, A. Checa y otros, en IV Simposio sobre los celtíberos. Economía, F. Burillo (coord.). Para el notable vigor demográfico de este pueblo prerromano, Poblamiento celtibérico. III Simposio sobre los celtíberos, Zaragoza 1995, y también, Celtíberos, A.J. Lorrio.

 

Reproducción de una cocina y horno íberos

 

Lo sacado a la luz por la arqueología ya era sabido por las fuentes escritas. Estrabón (Geografía, 3,4,13) expone la famosa aserción sobre que, a la llegada de los romanos “en las tres cuartas partes del año los montañeses no se nutren sino de bellotas que secas y trituradas se muelen para hacer pan, el cual puede guardarse durante mucho tiempo”. Esto es de gran interés, si se considera a la historia como maestra de la vida, pues establece un régimen de alimentación excelente, ya que al depender en buena medida de un producto arbóreo como es la bellota no necesita deforestar y no padece las temibles consecuencias que tal práctica origina. Sin embargo, si en el presente, 2.000 años después, se recorre el solar de los celtíberos, lo que encuentra el viajero es una situación bastante diferente, deforestación y erosión graves, cereal por todas partes, que, como se dijo, “enferma” al territorio, bajos rendimientos de los cultivos, intensa sequía estival y duras heladas, invernales y primaverales, escasez de ganado en los ralos pastizales y, sobre todo, desolación y despoblación.

 

 

Para los pueblos prerromanos no puede hablarse, en puridad, de paso a la agricultura con la conquista sino, más exactamente, de ruptura del equilibrio preexistente entre recolección de frutos silvestres y cultivados, el ya citado 3/4 de los primeros y 1/4 de los segundos, pues todos ellos conocían desde hacía muchos siglos, o incluso milenios, el laboreo de la tierra, y lo practicaban, en mayor o menor medida según las condiciones edafoclimáticas. Lo que, probablemente, sucede bajo el dominio de Roma es que tal relación se va desequilibrando en beneficio de lo cosechado.

 

Averiguar cuáles fueron las causas profundas que impulsan tan desastrosa transformación no es fácil. Para lograrlo, hemos de remontarnos en el tiempo, hasta el interesante ¿mito? del rey Habis, hijo de Gargoris, soberano de Tartessos, que, según el historiador Justino (Epítome 44,4,11) enseñó a sus súbditos “a procurarse trigo con la labranza y obligó a los seres humanos… a dejar los alimentos silvestres”, repartiendo, además, a la población en siete clases y prohibiendo que la de los nobles trabajara con sus manos, lo que, al parecer, debió suceder, si es que se escoge dar significación histórica a todo ello, hacia el siglo IX antes de nuestra era, en el solar de Tartessos, la actual Andalucía35. Cuatro conclusiones es dado extraer de tal narración, con todas las reservas adecuadas al caso, que la agricultura es impuesta desde el poder estatal, que el desdén por los alimentos silvestres es inducido políticamente, que a partir de todo ello se forma un régimen de clases sociales, o se favorece su consolidación, con una minoría en la cima que no practica el trabajo manual, y que los tratadistas antiguos consideraban que con ese proceder Habis sacó a sus súbditos del estado de “barbarie” para hacerles entrar en el de “civilización”.

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35 Este autor presenta el asunto como un progreso formidable, como el paso de la animalidad a la humanidad gracias a la agricultura, y el poder estatal, punto de vista que es el dominante hoy. Pero no siempre fue así. En el siglo VII antes de nuestra era el poeta Hesiodo, al describir la Edad de Oro en que, supuestamente, la humanidad habitó en el pasado, otorga una significación de primer orden, como alimentos de aquella era, según él, de contento, inocencia y abundancia, a las bellotas y a la miel, en lo cual no va muy descaminado. La miel y los productos elaborados con la bellota para la alimentación, y la lana para el vestido, satisfacen las necesidades básicas humanas.

 

Quercus ilex, encina o carrasca, quizás el árbol más emblemático de Iberia,
cuyo fruto formó parte durante siglos de la base alimentaria de nuestros ancestros.

 

Una versión, bastante más cercana a nosotros y de una veracidad innegable, sobre los orígenes concretos de la conversión de la agricultura en, probablemente, fuente principal de los alimentos para los seres humanos, la ofrece un historiador antiguo que se ocupa de las guerras cántabras, en el 29-19 antes de nuestra era, Floro (Epítome, 2,33), quien expone que los cántabros y astures eran “dos pueblos muy poderosos” a los que Augusto decide hacer la guerra. A los astures los presenta como potentes demográficamente, pues en cierta ocasión “habían descendido con un enorme ejército de sus nevadas montañas”, afirmando, así mismo, que Lancia, una de sus poblaciones, era “ciudad muy fuerte”. Vencedora Roma de ambos, “César Augusto, temiendo la confianza que les inspiraban las montañas, en las que se refugiaban, ordenó que habitaran y cultivaran sus campamentos… así pues ordenó que trabajaran la tierra”.

 

Estrabón aporta un dato de interés, que aquellos pueblos conocían las “competiciones de hoplitas”, esto es, que poseían infantería pesada, lo que indica que fabricaban complejas armas defensivas y ofensivas de hierro y bronce, aunque vivían principalmente en áreas montañosas poco apropiadas para la agricultura. Por tanto, no eran formaciones sociales “primitivas” o “rústicas”, cualquiera que sea el significado que se de a tales vocablos. Tolomeo proporciona el nombre de 8 “ciudades” cántabras, y su potencial demográfico queda avalado por su asombrosa capacidad de sobrevivir a duras guerras (se estima que Augusto lanzó a 70.000 soldados contra ellos, lo que indica que no era una simple operación de policía contra poblaciones dispersas, sin lograr vencerlos del todo), salvaguardando la propia libertad, pues en el año 574 el rey visigodo Leovigildo hace una entrada en Cantabria, tomando la famosa “ciudad” de Amaya36, pero no el resto de Cantabria. Sobre su alimentación, les incumbe lo dicho por Estrabón acerca de la panificación de las bellotas.

 

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36 El manido argumento de que sólo la agricultura puede mantener poblaciones humanas densas ha de ser puesto en cuestión. Por ejemplo, los tratados ortodoxos de historia asignan a los territorios de la corona de Castilla, a finales del siglo XV, no más de 7 millones de habitantes, a pesar de que el único censo realizado fue el de 1482, incompletoy poco fiable, de donde concluyen que la gran extensión que aún en ese tiempo tenía el bosque explica la bajadensidad demográfica. Pero olvidan que aquel censo se refiere a las villas, ciudades y algunos lugares, y que no abarca ala población que vivía dispersa en los inmensos bosques de la época, los “serranos” de los diplomas medievales, que no podía ser contada por el relativamente débil Estado de ese tiempo, a la que los demógrafos ortodoxos dan por inexistente.

Es sospechoso que la población, según las estadísticas oficiales, crezca bruscamente a mediados del siglo XIX, a pesar de las devastadoras epidemias de cólera (sólo la de 1833-34 provocó unos 100.000 fallecimientos, y la de 1884-85 unos120.000), de las muchas enfermedades carenciales originadas por el declive de la agricultura debido a las desamortizaciones,de las continuas guerras, de la emigración masiva a América y de otras causas. Pero ¿creció la población o más bien la capacidad del Estado para contarla y censarla? El desarrollo del segundo factor es indudable, favorecido, además, por la creciente ida a las ciudades, villas y pueblos grandes, y por la salida de los bosques, que estaban siendo descuajados, de quienes habían vivido en su interior desde tiempos inmemoriales. Sobre la población del siglo XV sabemos muy poco, pero podemos estar seguros que su número era superior a los 6-8 millones generalmente admitidos, dato que resulta del conocido prejuicio ideológico según el cual sólo la agricultura, en particular la cerealista, cuenta, pero no de investigaciones imparciales y extensas. Desde luego, cuando Macías Picabea, en El problema nacional da, para el siglo citado unos 40 millones de habitantes, quizá se equivoque, sí, tal vez exagere, pero ello ha de ser probado, ya que, como crítica, no bastan las mofas y descalificaciones fáciles que resultan de un simple prejuicio político, a saber, el presente ha de ser siempre el orden social mejor y más satisfactorio, lo que lleva a los profesores-funcionarios a arremeter contra el pasado, eficiente manera de promover el conformismo político. No se olvide que el respetado historiador Paulo Orosio, hispano del siglo V, en su Historias expone que en el pasado, cuando la naturaleza estaba mejor conservada, cuando sus fuerzas vitales no habían sido aún maltratadas, la cantidad de seres humanos que habitaban la tierra era enorme. Tal proposición, que cuestiona la teoría del progreso, aún no ha podido ser refutada.

 

El hecho de no sustentarse en la agricultura extensiva no fue óbice para que los íberos desarrollaran una cultura civilizada con su propio sistema de escritura, actualmente en vías de ser descifrada.

 

En síntesis, los historiadores clásicos no presentan la generalización de la agricultura como una exigencia inexcusable para abastecer a poblaciones numerosas, ni sostienen que aquella sea más productiva que el binomio recolección/cultivos, ni presentan a los pueblos que se alimentaban sobre todo de frutos silvestres como míseros y débiles en lo poblacional, ni sostienen que por causa de su escaso aprecio por la agricultura tuvieran unas manufacturas deficientes (al respecto, los historiadores romanos recogen la universal admiración que suscitaron las espadas de los celtíberos, por su excepcional calidad). Lo que establecen, tanto en el caso de Tartessos como en el de cántabros y astures, es una relación de causa a efecto entre cultivo de la tierra a gran escala y docilidad política. A los sometidos y a los vencidos se les impone la agricultura y se les va apartando de los alimentos silvestres. Éstos aparecen como vinculados a la independencia y a la libertad, aquella al sometimiento y la opresión, por decirlo de un modo simplificado y quizá en exceso tajante. Los pueblos del norte y de la Meseta eran, en el tiempo de su legendaria brega con Roma, pueblos sin Estado. Ello aparece con claridad en las fuentes escritas y es avalado por el registro arqueológico, a pesar de que tal extremo en negado por toda la historiografía oficial, mientras que las formas de propiedad entonces en uso no pueden ser conocidas con igual certidumbre. Por tanto, el paso de una alimentación principalmente silvestre a otra esencialmente agrícola (si bien ello no sucedió del todo, ni mucho menos, en el caso de astures, cántabros y vascones, debido a que su conquista por los romanos nunca fue completa) es un proceso paralelo al de la imposición del Estado (como Estado de la potencia colonial) y determinado por éste.

 

 

¿Qué cambios políticos y en la calidad del sujeto introduce la agricultura como fuente principal de los mantenimientos? El más visible es que incrementa en bastante el tiempo de trabajo. El trigo exige 10 u 11 operaciones o labores básicas: además de desmonte de la tierra, si está forestada, demanda labranza, siembra, estercolado, escarda, siega, acarreo, trilla, aventado, guarda de la cosecha en la troje y molienda. La recolección de bellota sólo cinco: recogida del fruto, acarreo, almacenamiento, descascarillado y molienda. Por tanto, el tiempo libre es bastante mayor en una sociedad que toma pan de bellota que en otra que se alimente de pan de cereal. Esa libertad quizá sea difícilmente cohonestable con la existencia del Estado, por cuanto éste necesita que los individuos posean poco o ningún tiempo realmente libre, tiempo propio y para sí, pues de él resulta la reflexión, individual y grupal, la toma de conciencia, el acuerdo para rebelarse y la rebelión misma. Es comprensible que Augusto deseara que astures y cántabros, sólo semi-vencidos, pasaran a cultivar la tierra en vez de seguir viviendo de los bosques, de la caza y de los ganados, así como de pequeñas extensiones cultivadas. La cardinal reflexión de Juan de Mariana, antes citada, sobre que los tiranos ansían que sus sometidos se extenúen en el trabajo, para que de ese modo se olviden de la libertad, debe ser tenida muy en cuenta para comprender la historia, en tanto que intrahistoria, y el presente.

Con todo el consumo humano a gran escala de frutos arbóreos, sobre todo castaña y bellota, se ha mantenido en algunas áreas peninsulares hasta mediados del siglo XX. Una muestra de ello es Las Hurdes, donde hasta no hace mucho el plato fuerte era el pote, a base de castañas guisadas con tocino y tasajo de cabra, mientras que el desayuno solía consistir en castañas secas cocidas en leche de cabra y endulzadas con miel. El avance de la tinta, desde principios del siglo XIX, hizo que las castañas fueran parcialmente sustituidas por nabos, patatas, berzas y coles, si bien el aceite de oliva y el centeno formaban parte de la dieta. Posiblemente, la homérica resistencia de los hurdanos a la extensión de la agricultura, que se mantuvo hasta que el franquismo plantó miles de has. de “pinus pinaster”, operación con la que el Estado culminó la desarticulación de la sociedad tradicional hurdana, es una de las causas que explican las tremendas falsedades y calumnias que sobre estas simpáticas gentes han vertido los medios eruditos y oficialistas, durante siglos. Hoy los rendimientos de las glandíferas, en bellota, es de 600/2.500 kgs. por ha. , cantidades inferiores a las que podrían resultar de otras condiciones climáticas y edáficas. La producción anual estimada, para todo el país, es de unas 300.000 toneladas. Una segunda cuestión es que los cereales son mucho más vulnerables a actos de represalia que el boscaje, pues cuando están maduros arden en los campos con gran facilidad, mientras que las formaciones de frondosas, en condiciones de sequía estival débil, lo hacen con mucha más dificultad.

 

De manera que un pueblo que se ata a los cultivos herbáceos puede ser intimidado con mucha mayor eficacia por un poder dictatorial organizado que, en circunstancias de rebelión o de mera insolencia de la masa popular, está en condiciones de incendiar los campos, o de amenazar con incendiarlos, un poco antes de alzar la cosecha. En tercer lugar, las características mismas del cereal, con su vulnerabilidad a etapas, incluso breves, de sequía y temperaturas por encima de 25º C, al final de la primavera, tiende a romper la autonomía y autosuficiencia de la comunidad rural, que en los años malos ha de demandar ayuda exterior, a menudo otorgada por el Estado, lo que legitima poderosamente la existencia de éste. Con los frutos arbóreos la cosa cambia, pues el potente sistema radicular del arbolado le hace poco sensible a lapsos de tiempo relativamente breves sin precipitaciones.

 

 

Además, el cereal es el producto óptimo para almacenar y trasportar, para abastecer los ejércitos y las ciudades, a lo cual la bellota, o la castaña, no se prestan tan bien, al parecer, pues necesitan condiciones especiales de conservación. No se puede olvidar que el aparato militar romano se alimentaba sobre todo de harina de cereal, y que Roma, la Urbe, se abastecía de ésta y, también, de productos susceptibles de ser exportados, aceite de oliva, vino y carne salada, sobre todo de cerdo. Al llegar a este punto hay que advertir que el que Estrabón diga que los pueblos no sometidos de Hispania tomaban pan de bellota las ¾ partes del año no debe entenderse como que ello era el todo de su dieta, pues al vivir en un marco natural exuberante y bien conservado necesariamente tenían que consumir una notable cantidad de hierbas, verduras, frutos, brotes, hojas y semillas. En “Etimologías”, San Isidoro de Sevilla admite que antes de la alimentación cerealista los seres humanos se servían de las bellotas, pero no sólo de ellas, por cuanto también se nutrían, añade, con hayucos, piñones, nueces, avellanas, castañas, almendras y otros.

 

Esa fijación unilateral y reduccionista en la agricultura es lo que va a caracterizar a la agronomía romana, tal como aparece expuesta en Los doce libros de agricultura, de L.J. Columela, que ofrece una buena exposición de cómo se realizaba aquella en las grandes haciendas del siglo I de nuestra era, que utilizaban una proporción, decisiva en bastantes casos, de mano de obra esclava. Para este autor sólo cuenta el estercolar, no la fertilización natural que resulta de los bosques. La meta es producir cereal, aunque también legumbre y forrajes herbáceos. A las viñas y el vino destina el libro tercero, buena parte del cuarto y algo del duodécimo, esto es, mucho más espacio que al cereal y que a cualquier otro cultivo, acaso porque el vino era el narcótico necesario para lograr la docilidad de la plebe y de los esclavos. Se ocupa bastante de los bueyes, como animales de trabajo, mientras que las ovejas le atraen menos. Sobre la aceituna y el aceite trata poco, menos de lo esperado. El olvido más clamoroso es el del árbol (sólo los frutales concitan algo su atención) y el del bosque, del que nada dice, lo mismo que ignora casi por completo la cuestión del agua y las precipitaciones. Una conclusión se impone, que Columela escribe desde un mundo, al parecer, sin árboles y sin bosques y, lo que es peor, sin interés por unos y otros, en el que el viñedo y el cereal, con algo de olivo y legumbres, son lo sustantivo. Las plantas y hierbas silvestres aparecen citadas sólo de pasada, en tanto que productos para el aliño y poco más. Al leerlo, se entiende que sólo 200 años después la agricultura romana estuviera en desintegración.

 

Si tomamos Agricultura general, de Gabriel A. de Herrera, cuya primera edición es de 1513, encontramos diferencias de importancia, aunque no las suficientes. Es cierto que se ocupa bastante de los árboles, de los frutales de huerto y vergel y también de algunos montanos, con observaciones atinadas y pertinentes, pero en definitiva su concepción básica es lograr lo necesario para la existencia de una combinación de agricultura cerealista, horticultura y ganadería (a ésta también destina más atención que Columela), con los frutos, plantas y verduras silvestres teniendo una significación secundaria. Así mismo, sorprende el carácter abstracto del texto, que presta poca atención a las diferencias de altitud, pluviosidad, orientación, tipo de suelos, variedades de especies y otras particularidades, con lo que se encasquilla en ofrecer recomendaciones generales en apariencia válidas para casi cualquier situación, pero en realidad inútiles y quizá dañinas en todas y cada una de ellas en concreto. Tal es el gran mal de las teorías y de los teoréticos. Con todo, la obra de Herrera es magnífica al lado de las que la continúan, como Gobierno político de agricultura, de Lope de Deza, editada en 1618, en la que sólo hay un cultivo de interés, el del trigo (que esquilma la tierra y que, además, ofrece rendimientos bajos), a realizar en territorios no sólo completamente deforestados sino casi del todo desprovistos de ganado y caza. El monocultivo cerealista que preconiza Deza es ya la agronomía actual, la ecológica tanto como la convencional.

 

Acaba de publicarse “Manual de cocina bellotera para la era post-petrolera“,

de Cesar Lema Costas con prólogo de Félix Rodrigo Mora,

manual práctico para la recuperación de la bellota como elemento civilizatorio.

 

Una agricultura del futuro, popular e innovadora, ha de expresarse en unos rasgos que, aunque tratados a lo largo de todo el texto, acaso deban ofrecerse ahora en sinopsis. Ha de ser, en primer lugar, silvo-agricultura, proporcionando sólo una parte de la dieta humana y del pienso para el ganado, de manera que estará en cultivo únicamente una proporción pequeña de las tierras, la quinta parte más o menos, quedando el resto como bosque denso o como monte ahuecado para el pastoreo. Tiene que ser la actividad de todos los individuos adultos, desde los 10 años en adelante, la cual debe ocupar un tiempo limitado a cada uno de ellos, para que pueda ser simultaneada con otras labores y oficios, productivos y no productivos.

 

Su fuente de abonos ha de ser en primer lugar la hojarasca de los bosques, llevada por las lluvias, y a continuación el estiércol y el compost. Su fundamento será la policultura, la asociación de especies, la rotación de cultivos y la vinculación a la flora silvestre, especialmente a los árboles, con mínima remoción de la tierra y evitación de suelos desprovistos de cubierta vegetal. Como agricultura de autoabastecimiento, se realizará en el marco del municipio soberano y de la comarca, con una atención mínima a la exportación. El regadío ha de ser disperso, no destinado al mercado y dependiente de las aguas superficiales y de las subterráneas pero sólo hasta profundidades que no pongan en riesgo las surgencias naturales, unos 4-7 metros. La maquinaria y los equipos mecánicos a utilizar han de ser los mínimos, sólo aquellos que demuestren no ser dañinos para la libertad de conciencia, política, y civil, la integridad intelectual y convivencial de los seres humanos y el medio natural. Los productos químicos o naturales a incorporar a las cosechas han de satisfacer rigurosas normas, establecidas conforme al principio de precaución para cada caso y, aún así se han de utilizar en cantidades mínimas y sólo en casos excepcionales. El propósito de tal agricultura es satisfacer un consumo mínimo de alimentos, propio de una existencia frugal, con evitación de todo despilfarro37.

El trabajo agrícola no tendrá ya como meta el deseo de enriquecimiento, sino que será un modo de alcanzar lo necesario para vivir y nada más38. Su fundamento político tiene que ser la democracia, una sociedad sin Estado regida por una red de asambleas soberanas, con el municipio como núcleo primario, siendo comunal la propiedad de la tierra, con una parte de ella en régimen de propiedad privada familiar o personal, sin trabajo asalariado. Al ser una sociedad sin Estado no necesita de las ciudades, ni de la gran industria ni del turismo de masas. Por el mismo motivo alcanzará a ser una sociedad convivencialista, aunque no sólo ello. Al no haber ciudades el trabajo de todos en la agricultura y la atención a los bosques sería posible. Los fines últimos de tal formación social deben ser reafirmar y expandir la libertad equitativa para todos, en primer lugar la libertad de conciencia, y hacer posible que la vida humana se realice en tanto que humana, con las capacidades del espíritu en constante ascenso y desenvolvimiento.

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37 Hoy, la cantidad de alimentos en condiciones de ser consumidos que van a la basura es importante, quizá

entre el 2 y el 40%. La ideología imperante en las sociedades opulentas considera el despilfarro como un acto lúdico

que manifiesta una alegre despreocupación respecto a lo imprescindible. Dado que “somos ricos” podemos despreciar ymaltratar los alimentos, la ropa, los muebles, las viviendas, etc., mentalidad perversa inducida por el adoctrinamiento en curso. Si admitimos que la media de comida en buen estado arrojada al cubo de la basura  habitualmente es del 15%, ello indica que en caso de que todo se consumiera respetuosamente, se podría reducir en aproximada proporción las tierras de cultivo, para devolver las así rescatadas al bosque. Por todo ello la consigna “consumo responsable”, ahora tan en boga, no puede ser admitida, pues lo apropiado es el consumo mínimo.

38 La acumulación de riqueza es un mal, de manera que en una sociedad bien constituida la idea de enriquecerse ha de ser reprobada moralmente, refutada intelectualmente e impedida por procedimientos bien meditados de naturaleza estructural, política, económica y jurídica, conforme a las decisiones de las mayorías, en un régimen de asambleas soberanas con libertad equitativa para todos, en primer lugar libertad de conciencia. Una sociedad buena es aquella en que la pobreza decorosa en bienes materiales se combina con la riqueza mayor posible de bienes inmateriales y espirituales.

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